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La Puerta

El despertar gradual de la conciencia puede ser visualizado como la apertura de puertas que permite que el pensamiento ‘pase’ a otras regiones y que el adepto vaya conociendo los grados invisibles del ser.

La puerta supone siempre una salida y a la vez una entrada, pues cuando la atravesamos salimos de un espacio mental para ingresar a otro; y son varias las que hemos de cruzar, cada vez más estrechas, durante el proceso de la transmutación.

La Iniciación en los Misterios abre la puerta que separa al mundo ordinario y profano de aquél otro sagrado donde el espacio y el tiempo recuperan su verdadera significación.

Ya nos referimos a la Puerta dentro del simbolismo constructivo y queremos ahora hacer ciertas observaciones acerca del ‘pasaje’ que este símbolo evoca. Hemos visto al templo como modelo del cosmos y como símbolo del espacio interior del hombre. Su puerta exterior sirve de separación –y a la vez como punto de unión– entre el atrio –donde predominan la multiplicidad y el caos del mundo ordinario– y el espacio interno en el que reinan el orden y la armonía de lo sagrado y significativo.

El iniciado, gracias a los rituales que lo cualifican para entrar, atraviesa ese umbral, muriendo a los estados inferiores y exteriores y renaciendo a una vida interior en la que las posibilidades superiores despiertan.

Esta Iniciación, o puerta de entrada a los mundos invisibles, está representada en el Arbol Sefirótico por la esfera 9, la que a su vez se relaciona con la lámina número 12 de los Arcanos Mayores del Tarot. Es interesante la relación que podemos hacer entre esta esfera –Yesod, el Fundamento– y el símbolo cristiano de Pedro (que fue crucificado con la cabeza hacia abajo, como es la posición de “El Colgado”) que es la piedra de fundamento sobre la que la Iglesia se levanta. En este sentido no es casual que sea el propio Pedro el portador de las llaves –o claves– que abren las puertas del reino de los cielos.

Por otra parte, esta primera puerta está también relacionada con el símbolo de la caverna y en ambos casos el iniciado, una vez que ha ingresado al espacio interior debe atravesar por el laberinto que finalmente lo conducirá –si no se pierde– al centro o corazón del templo en el que se ubica el ara o altar.

En el simbolismo cristiano vemos cómo en este espacio central (guardando al cáliz o copa, espacio vacío o receptáculo de la Shekhinah), hay también otra pequeña puerta que sólo abre el sacerdote y que cubre al misterio de los ojos profanos. Esta puerta se ubica en Tifereth –sefirah central que hemos de traspasar, naciendo de arriba, para empezar a vislumbrar la realidad oculta sobre ‘la superficie de las aguas’.

Habiéndose recibido el bautizo de agua que abre la primera puerta, y una vez realizado el recorrido horizontal y laberíntico entre esa puerta exterior y su centro o corazón en el que se recibe el bautismo de fuego, el adepto ha de iniciar un ‘pasaje’ axial, vertical y ascendente por el eje invisible que conecta al ara con el punto central de la cúpula –de Tifereth a Kether–.

Los ritos ‘primitivos’ de trepar el árbol, o de subir por el poste ritual, ejemplifican este ascenso al final del cual el adepto habrá de atravesar la puerta más estrecha que se halla simbólicamente en la sumidad del templo.

Este es el ojo de la aguja por el que no puede pasar ninguna riqueza individual.

La aguja, en efecto, es un símbolo más del eje y el rito de enhebrar la aguja, entonces, viene a ser una representación de este ‘pasaje’ por la puerta estrecha.

El hombre en su búsqueda del Conocimiento ha de salir primero del mundo ordinario para entrar al interior del templo; luego debe perderse en los laberintos para encontrarse nuevamente al arribar al centro; de allí habrá de emprender el ascenso vertical en busca de la sumidad, y finalmente deberá salir por la puerta cenital del templo, o cosmos, hacia lo supracósmico.

Esta salida final es visualizada como el desatar o disolver el nudo que nos mantiene atados a la individualidad y a un estado particular del ser, y su logro constituye una fusión absoluta con el todo. “Tocad y se os abrirá”.