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La luz Masónica

Recién llegados a la puerta del templo, ves la luz que buscáis? Nada es menos cierto, En vuestro fuero interno, en efecto, vosotros creéis tenerla en función de vuestro conocimiento.

Tenéis todo un pasado detrás de vosotros; habéis trabajado, pensado, actuado, esa comprensión engloba algunas leyes y principios y podéis entender, sino la verdad total, al menos una aproximación de larga envergadura.

Vuestra conciencia iluminada por vuestra inteligencia puede así conduciros hacia un juicio de una aparente legalidad.

Vosotros no vinisteis pues a procurar la luz, sino, en la falta de una verdad nueva que os parece improbable, un poco mas de claridad y de precisión. De ese intento, en otro respecto, ninguno debe condenaros, porque la mayor parte de los masones, todos tal vez, pensaron como vosotros, hasta el día en que se percibieron de su error. Esperad un poco; como otros vieron, vosotros veréis luego, la luz profana de la cual vosotros estáis mas o menos saturados es un reflejo muy frecuentemente deformado por el prisma fenomenal, cuando os aproximéis a la verdadera luz, a la luz masónica, engendrada por el sol ideal del mundo espiritual, os aprenderéis la significación de estas palabras: “Recibir la Luz y Dar la Luz porque vosotros no seréis mas simples telas reflectoras, sino polos irradiantes”. Y ese momento está próximo o lejano según la determinación de vuestra propia voluntad. Vosotros solicitasteis la luz sin estar bien convencido de recibirla. ¿Cómo voy a presentarla? Bajo el velo de múltiples símbolos. Sin duda, vosotros ya los conocéis y os espantasteis al primer contacto, por no encontrar tal vez sino un sencillo esbozo en lugar del modelo completo. Delante de vosotros está la primera anomalía, cuya razón os escapa y recordaos de una cosa: la figura o la letra son los soportes; únicamente la idea y el espíritu son esenciales. No caigáis pues en generalizaciones prematuras o juicios irreformables. Los raciocinios “a priori” no valen nada en las ciencias exactas, y menos aun en la masonería universal. A pesar de sus estudios anteriores, a pesar de sus conocimientos adquiridos, el recipiendario no sabe nada aún bajo el ángulo particular de la Masonería; él vaga en el laberinto pasional, él titubea en las travesías de todos los prejuicios y, si él pertenece a la elite profana, él se inclina delante de la sacrosanta mirada del intelectualismo racional. No se trata ahora aquí de las relaciones comúnmente adquiridas por los doctores exotéricos; es necesario, al contrario, establecer nuevas relaciones entre el signo y las ideas, o, mejor, aprenderlos a través de la plasticidad de los símbolos. La masonería, se dice, es un arte y una ciencia; no estamos autorizados, por nuestra inteligencia de la ciencia y de las artes, a juzgar peyorativamente una institución cuya fórmula es el fin, proclamados idénticos, parece óptimo seguir un camino divergente, proponemos descubrir la realidad oculta baja la cascara. Desde millares de años, desde los tiempos históricos, hay los místicos, iniciados y adeptos, al lado y arriba de los hombres de la multitud; escuelas esotéricas al margen de las academias oficiales. Aún más. Al lado de los sabios, naturalmente dados al esclarecimiento de los misterios de los cuales nosotros estamos cercados, hubo siempre cenáculos cerrados, templos secretos, fraternidades herméticas, donde solamente los hombres de deseos eran introducidos, con un ceremonial complicado apropiados para eliminar las curiosidades nocivas y las voluntades dudosas. Ese segundo aspecto del problema merecía aún atención. ¿Por qué toda esta preparación, esta selección? ¿Por qué la verdad porta un sello y es preciso recibirlo para ser admitido en su presencia? Ese sello es un aspecto sacramental, un bautismo purificador, él penetra todas las facultades, las grava, las modifica, según la receptividad de cada uno. Antes de abrir a sus elegidos las puertas de la Verdad, la Masonería imprime, por consiguiente sobre su frente, el sello de los ciudadanos de la luz, a través de pruebas adecuadas, sacadas de los cuatro elementos primordiales sucesivamente, cruzadas y vencidas. Pero si el sello torna la luz accesible, él no es la luz; así, en una religión cualquiera, el bautismo no es la salvación. Cuando la venda cae de vuestros ojos, creísteis, sin ninguna duda, en una restitución pura y sencilla de la luz física, de la cual estabais privados y no os conmovisteis de otro modo, porque el símbolo no revela, de inicio, su íntima sutilidad. Habéis, no obstante, sentido un choque semejante al de la aurora sobre la naturaleza, cuando ella emerge al horizonte, bajo el levante del sol. Ese choque simbólico es, al mismo tiempo, la materia sacramental y la consecuencia del sello iniciático. ¿Habéis por ese hecho, recibido y contemplado la luz de la cual la Masonería se jacta de operar la transmisión? No, y podréis con una legitimidad relativa afirmar la ausencia total de rupturas en el campo ordinario de vuestra visibilidad. Desconfiad, no obstante, de esta lógica de apariencia irrefutable. Si la luz no os fue bruscamente revelada, si vosotros no poseéis ningún conocimiento nuevo inmediato, habéis, no obstante, recibido la llave de las puertas del oriente espiritual, donde viene la luz verdadera. ¿Qué es, pues, esta llave de oro? Vosotros la poseéis desde el despertar de vuestro entendimiento, todo el mundo la posee, pero ninguno quiere servirse de ella, sino, para un culto idolatra y puramente especulativo. Es el “conócete” descubierto por Sócrates en la doctrina tradicional de los antiguos misterios de los cuales él fue el eco revelador. Ella os fue restituida en la cámara de reflexiones y de ella se os mostró el uso en el curso de vuestros viajes de pruebas. Ella os permitió, con la ayuda de vuestros iniciadores, mover vuestros pasos inseguros, ser maestro de vosotros mismos y dominar los elementos, no al agrado de vuestra fantasía -las leyes naturales siguen un camino inmutable-, ni para satisfacer vuestros caprichos -el iniciado no los tiene-, sino tolerándolos libremente cuando ellos son contrarios, despreciando sus eventualidades cuando ellas son favorables. Y eso es la luz, y la luz está contenida en esas palabras, más o menos desconocidas fuera de nuestros templos: el hombre fuerte es la medida del mundo. El hombre fuerte, en efecto, no indaga más sobre la divisa socrática, él no la lleva en la solapa como una decoración, él la transforma en motivo de acción y reacción, él la lleva en la intimidad de su sustancia, él la volvió el ojo de su voluntad. Toda la infinita distancia entre la luz iniciática y la luz profana está contenida en esas palabras: “Conócete”. Por ellas la masonería pone al recipiendario en presencia de él mismo, en presencia de su pensamiento y de su conciencia toda trémula del contacto de Dios, de ese Dios interno manifestado únicamente por las esencias. Sin descuidar el velo del mundo fenomenal, ella lo reduce al justo valor de una gama sonora cuyas vibraciones, en la economía del cosmos, son destinadas a proclamar la gloria y la potencia de la interioridad. La ciencia profana, al contrario, pone al hombre en presencia del mundo exterior. Ella le dice: mira, analiza, compara, extrae y jugo fenomenal para remontar a las leyes y a los principios; pero ella se detiene en la dispersión y divisibilidad externas. Así, la Masonería interioriza y la ciencia exterioriza. Esta comunica el reflejo de la luz increada, aquella crea una luz en la propia conciencia del hombre e ilumina el mundo visible, para situarlo en su lugar verdadero. Es por eso que el profano, envuelto con las luchas cotidianas de la existencia, está inclinado a dejarse dominar por las fuerzas exteriores y se encuentra desamparado cuando el reflejo, su guía habitual, lo abandona en las tinieblas interiores. Es por eso que el masón jamás está solo consigo mismo; él es co-participante de la verdadera luz; él es una fuente de luz y el mundo exterior, a pesar de sus revueltas momentáneas, le es sumiso, porque ese mundo no es nada sin una conciencia capaz de absorberlo en el seno de su propia luz, de darle una vida real y un sentido. Pero no se adquiere la luz tan fácilmente como se bastase atravesar la cámara de reflexiones para gozar de ella. Manejar la llave es difícil, La Masonería da, también, un método y las reglas del arte real, Método y regla están contenidos, bajo un velo transparente al lector atento, en los rituales y en la enseñanza de los maestros; es inútil e inoportuno exponer de eso los detalles, pero ellos están basados sobre un principio preliminar sin el cual su ineficiencia es cierta: la disciplina. La masonería impone a todos sus miembros una disciplina de la cual la rigidez no excluye la flexibilidad, igual al hombre de elite enrolado como aprendiz ella no teme decirle: “Escucha, obedece y cállate”. Y es por eso que la señal gutural está colocada en el umbral del templo para recordar a todos perpetuamente: la rigurosa ley del silencio, el respeto a los juramentos y dominio sobre todos los reflejos del ser físico e intelectual. Ciertamente, él no menosprecia los conocimientos adquiridos, ni la educación profana de la cual las incidencias no son solamente útiles, sino frecuentemente necesarias; ella reconoce la ciencia esotérica de algunos participantes a los cuales ella facilitará la ascensión más rápida, pero a todos ruega la circunspección. La verdad de las masas y la verdad de las elites deben ser controladas y pasadas al colador de la conciencia masónica. Ella grita: “sed vigilantes, la luz es inmaculada, únicamente la duda cartesiana puede acogerla en su pureza original”.

Durante los primeros meses de sus trabajos en el templo, el aprendiz masón, llegado a un cierto grado de intelectualidad y sobre todo de exoterismo puede, algunas veces, dejarse llevar por una impresión singular. El se cree cerrado en in circuito primario y sin salida, donde se esfuerza por sujetarse a una enseñanza ampliamente familiar e irrisoria.

 

Los gestos, las palabras, las doctrinas, todo le parece conocido; él tiene la sensación bien nítida de perder su tiempo. Su error es grande y él prueba así, de manera perentoria, la superficialidad de sus percepciones. Sin ninguna duda, él conoce las técnicas de los términos y tal vez de los símbolos, pero el ignora la prodigiosa diferencia entre el estudio de un solitario y la meditación en común, entre el conglomerado sagrado abierto a todos y el aposento del Templo. El ignora las virtudes de la jerarquía y los nuevos e insospechados horizontes que ella invoca, con una rapidez frecuentemente fulgurante, en el espíritu del místico, bajo la cobertura de una palabra o de un signo, cuya fecundidad parece jamás agotarse.

Aprendices recientemente alistados, por mayor que sea vuestra ciencia, por mayor que sea vuestro entendimiento, prorroga vuestra opinión y no deis de hombros. La Masonería, bajo la aparente simplicidad de sus preliminares, presenta una doctrina austera, profunda y toda contaminada de problemas inadvertidos. Os llevareis años para sacarla en vuestras meditaciones y, aún más, para traducirla en vuestros comportamientos internos y externos. No creáis en la facilidad, es un árbol estéril, desconocido en el santuario; no creáis en la indigencia de algunas ideas, su plenitud se vuelve tangible a vosotros por el esfuerzo continuo. Y es en vista de este esfuerzo, creador de hombres, de jefes y de apóstoles, que la masonería os reclama la circunspección y la disciplina, únicas capaces de conducir hacia la maestría. Vuestro alistamiento os hace masones de derecho, por la buena voluntad y por el corazón, tornaos de hecho cuando, sometidos a todas las reglas del arte real, compenetrados de su método, habréis comprendido las doctrinas filosóficas y las operaciones jerárquicas, de las cuales la existencia, en todos sus grados de la jerarquía, a pesar de la disimulación, del cual ellas son el objeto, es incontestable. Solamente entonces comenzareis vuestro ascenso en la luz, en este ideal constituido por el dominio de si mismo, el calmado equilibrio de las facultades, de las pasiones y de los instintos, por la preponderancia del espíritu sobre la materia y la ponderación de los juicios. Entonces, habréis, al fin, encontrado la única paz susceptible de extenderse paulatinamente en los diversos estratos de la nación y de esparcirla a toda la humanidad por encima de las fronteras. Comprenderéis porque la paz universal es una utopía si la paz interior no reina en cada uno de nosotros y sentiréis como ésta es la resultante de la luz masónica, cuyo farol poderoso descubre la única verdad. Toda verdad que no es apaciguadora en si misma es, en efecto, un tejido de errores disfrazados y de prejuicios tenebrosos, ella desgarra los individuos en sus propias entrañas y los levanta unos contra los otros para asegurar la hegemonía de una idea particular o para justificar las actitudes y los actos inapropiados por el egoísmo, ese veneno sutil, destructor de la fraternidad. La luz masónica forma los hombres fuera de toda contingencia. Esos hombres son los pacíficos y los pacificadores, porque, por el “conócete”, ellos aprenderán a dominarse, a temperar la justicia por la tolerancia y por la misericordia, a amar aquellos cuyo estado evolutivo no sobrepasó aún las leyes instintivas, a amar con suficiente ardor para extenderles la mano y atraerlos, en esta paz luminosa delante de la cual la sombra del odio, de la envidia y de la ira se desvanecen sin retorno.