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El Espíritu de la Masonería

LOS ARQUITECTOS, de

Joseph fort Newton

 

Si se exceptúa la morada de Dios, nada hay más bello en el mundo que el Espíritu de la Masonería, cuya misión consiste en transformar a la humanidad en una gran fraternidad redentora, en una liga de hombres libres y nobles empeñados en la brillante empresa de realizar con el tiempo el amor y la voluntad del Eterno.

 

La masonería invoca a todos los amantes de la belleza con sus parábolas, símbolos y dramas majestuosos, aportando para educar el carácter la poesía y el símbolo, la filosofía y el arte. Con sus doctrinas amplias y tolerantes, recurre a los hombres inteligentes, atrayéndoles por la intensidad de su fe y por su clamor de libertad de pensamiento, con objeto de ayudarles a que piensen, a través del cristal de la esperanza, en el significado de la vida y en el misterio del mundo. Pero el llamamiento más intenso de la Masonería, el más elocuente, se dirige al corazón del hombre, del cual manan las fuentes de la vida y del destino. Cuando los pensamientos se agotan en el cerebro, entonces piensa el corazón del hombre si vale la vida la pena de ser vivida o si ha de ser la ayuda o la maldición de su raza;

 

“La tragedia de nuestra raza no es que los hombres sean pobres, porque todos los hombres conocen la pobreza; ni consiste tampoco en que sean malvados, porque nadie puede jactarse de ser bueno; ni, menos aún, en que sean ignorantes, porque, ¿Quién se puede creer sabio? La tragedia de nuestra raza es que los hombres se desconocen como si fueran extraños.”

 

La masonería es amistad; amistad, primero, con el gran Compañero, de quien nos hablan nuestros corazones, con el gran compañero que se encuentra más cerca de nosotros que nosotros mismos y cuya inspiración y auxilio constituyen el hecho sublime de la experiencia humana. El aspecto religioso de la Masonería consiste en estar en armonía con sus propósitos, en abrir las puertas del alma a sus sugestiones y en tener la conciencia de su amistad.

 

En el aspecto humano, todo puede resumirse en una sola palabra: Amistad. Ser amigos de todos los hombres, sean cuales fueren las diferencias de credo, color o condición; matizar toda relación humana con el espíritu de amistad. ¿Puede encontrarse cosa más bella? Tal es el espíritu de la masonería; tal su ideal que, si bien no se puede realizar inmediatamente, tiene su valor extraordinario cuando ya se le ama y trabaja por su realización en el futuro.

 

Tampoco es el Espíritu de amistad un mero sentimiento de una fraternidad simpática y por lo tanto, inestable, que disuelve las facciones concretas de la humanidad en el trazo borroso y vago de la emoción. No; este espíritu clava sus raíces en la tierra de una profunda filosofía que observa la amistad del universo y que cree que los hombres deben vivir en armonía con el universo en que viven y de acuerdo con su destino y origen.

 

Si creemos que Dios es la vida de todo cuanto ha existido, existe y existirá; si admitimos que hemos venido al mundo por obra y gracia de una gran sabiduría y de un inmenso amor, entonces todos somos hermanos. Todos los hombres, ya sean mejores o peores, ricos o pobres, enfermos o sanos, son hijos de un eterno Amigo y están enlazados por la cadena de oro de su parentesco espiritual. La fraternidad humana se fundamenta en este hecho el cual es la base de la lucha de la masonería, no sólo en pro de la libertad, sino también en pro de la amistad entre los hombres.

 

Así, pues, en vez de ser la AMISTAD un amasijo de concesiones, es en realidad el genio constructor del universo. El amor es siempre un arquitecto, un constructor; por eso quienes más han trabajado en fundar la Ciudad de Dios en la tierra. Cuando este espíritu prevalezca, las sectas antagónicas desaparecerán, absorbidas por la gran liga formada por los que aman y sirven a los que sufren. Entonces, nadie ultrajará las creencias que ayuda al prójimo a vivir e iluminan de esperanza sus días, porque el amor le enseñará que, quienes buscan a Dios, pueden encontrarle siguiendo caminos diferentes. Cuando este espíritu rija en el mundo del comercio, dejará de existir la ley de la selva, para que puedan constituir los hombres un orden social en que todos tengamos ocasión de “vivir, y vivir bien” como Aristóteles definía el objeto de la sociedad. Esta en la base de la mágica estabilidad a la que aspiraban los artistas antiguos cuando querían erigir edificios eternos, imitando en la tierra la Cada de Dios.

 

Nuestra historia humana, saturada de lágrimas y bañada en sangre, es la historia de la amistad. La sociedad ha progresado desde el odio a la amistad, por el lento crecimiento del amor que, primero, agrupo al hombre en familias y, luego, en clases. Los hombres primitivos que vagaban a la luz de la primera aurora de los tiempos, vivían únicamente para si mismos, convirtiendo su corazón en un santuario de sospechas, y sintiendo que todos los demás hombres eran enemigos suyos. Lentamente fue vislumbrando, el salvaje que era mejor ayudar que herir, y se organizó en clanes y tribus. Pero las tribus estaban separadas por ríos y montañas, y los hombres de una orilla del río se sentían enemigos de los de la otra orilla. Y hubo guerras, pillajes y tristezas. Luego se crearon poderosos imperios que lucharon entre si, dejando rastros de muerte a su paso. Más tarde se construyeron los grandes caminos que unían todos los extremos de la tierra, y los hombres que los recorrían se mezclaron entre si y averiguaron que la naturaleza humana es semejante por doquiera y que sus temores y esperanzas son comunes.

 

Pero aún existían muchas cosas que separaban a los hombres y que bañaban la tierra con lágrimas de amargura, porque, no satisfechos los hombres con las barreras naturales, levantaron las altas murallas de las sectas y de las castas, para excluir a los que no pertenecían a ellas, y quienes pertenecían a una secta creyeron que los demás estaban condenados a la perdición. De modo que, cuando ya las montañas no separaban a los hombres levantaron ellos montículos de incomprensión para separarse.

 

Los hombre se encuentran hoy día separados por barreras de raza, de religión, de castas, de hábitos, de educación e intereses, como si un genio maligno les inspirase la sospecha, la crueldad y el odio. Y sigue habiendo guerras, desolación y miseria. Sin embargo, los hombres son crueles e injustos porque no se conocen. Por esto la masonería lucha en medio de un mundo de enemistades en pro de la amistad y trata de unir a los hombres de la única manera con que dignamente pueden unirse. Cada logia es un oasis de igualdad y de buena voluntad en el corazón desolado de un desierto; cada logia se esfuerza en agrupar a todos los hombres en una gran liga de simpatía y servicio, de la que hoy día es ella una representación en pequeña escala. En el altar de las logias se reúnen los hombres, sin vanidades ni pretensiones, sin temor y sin reproche, como los turistas que escalan los Alpes atados entre sí para que, si uno se resbala, le sostengan los demás. No existe lengua humana que pueda expresar la significación de semejante misterio, ni pluma que pueda describir cuánto a influido la masonería para fundir la crueldad del mundo en el crisol de la compasión y de la alegría.

 

¡El espíritu de la Masonería! Para cantarlo se necesitaría la inspiración arrebatada de un poeta, la cadencia melodiosa de un músico, la exaltación de un vidente. La masonería se esfuerza ahora, como siempre, en mejorar a los hombres, en sutilizar su pensamiento y purificar su simpatía, en ensanchar sus panoramas, en elevarles a mayores alturas, en fundamentar sobre bases firmes y amplias sus vidas y amistades. Toda la historia de la masonería, con sus vastas acumulaciones de tradiciones, con su sencilla fe y solemnes ritos, con su libertad y amistad, se ha dedicado a un ideal moral elevado, con objeto de domar al tigre que se cobija en el corazón del hombre y hacer que sus salvajes pasiones obedezcan a la voluntad de Dios. Ella no tiene otra misión que la de exaltar y ennoblecer a la humanidad, para que el patrimonio tan difícilmente adquirido sea eterno, para que su santuario sea más sagrado, y más radiante nuestra esperanza.

 

¡El espíritu de la Masonería! Cuando este espíritu se abra paso en el mundo, la sociedad será una vasta comunidad de justicia y de bondad: el comercio, un sistema de servir a la humanidad; La ley, una regla de beneficencia; el hogar será más sagrado, más alegre la risa gozosa de los niños y más sencillo el templo de la oración. Entonces, el mal, la injusticia, el fanatismo, la ambición y todas las ruindades que envilecen a la humanidad, acecharán impotentes en la sobra, cegados por el resplandor de un orden más justo, sabio y misericordioso.

 

Cuando el hombre sea amigo del hombre y haya aprendido a adorar a Dios, sirviendo a sus compañeros, entonces la industria será equitativa; la educación, provechosa, y la religión, una Presencia Real y no una sombra.

 

Cuando la masonería triunfe, caerán todas las tiranías, se desmoronarán las prisiones, y los hombres no sentirán cadenas en las manos ni opresiones en la mente; sino que; libres de corazón, caminaran erguidos bajo la luz y libertad de la verdad.

 

El mundo camina lentamente hacia una gran fraternidad, hace ya mucho tiempo anunciada por la masonería. La masonería ha profetizado que ha de llegar un día en que las naciones sean reverentes con la libertad; justas, en el ejercicio de su fuerza, y humanas, en la práctica de la sabiduría; un día en que ningún hombre se atreverá a pisotear los derechos ajenos, en que la mujer no se verá arrastrada a la perdición por los hombres sin escrúpulos, en que los niños no serán abandonados por la sociedad. La masonería no se dará por satisfecha hasta tanto no se haya trenzado con todos los hilos de la fraternidad humana una mística cuerda de amistad que dé la vuelta a la tierra, encerrado dentro de su circulo la unidad del espíritu de la raza y los lazos irrompibles de una paz perpetua. Habiendo sobrevivido a los imperios y a las filosofías, habiendo visto aparecer y desaparecer generaciones sin cuento, la masonería seguirá viviendo para contemplar su trabajo ya realizado.

Sólo valiéndose del arte mágico de la amistad se podrá liberar a los hombres de la ciénaga del odio para que entren en el mundo maravilloso del amor, del amor que es la ley de la vida, en que la fe se acrecienta y, voluntariamente, se trabaja en servicio de la humanidad. Y, puesto que este es el objeto de la masonería, su misión determina el método y el espíritu que ha de inspirar sus obras, que no es otro que el de atraer primeramente a los individuos y, luego, a quienes están relacionados con él, para que se amen entre si y edifiquen en su corazón el templo del carácter, labor la más santa de la vida. Por esto, trata la masonería de llegar hasta la vida interna y solitaria del hombre, en la que se riñen las verdaderas batallas, y en donde toma él las decisiones que han de influir en su destino, ora con gritos de júbilo, ora con lágrimas de derrota. ¡ Qué hermosa labor puede realizar en las almas jóvenes que cruzan el dintel de este templo maravilloso, en los albores de la vida, cuando el rocío temprano del cielo cubre la floración de sus días y cantan todavía las aves de todas las ilusiones del corazón!.

 

Max Muller dice que, según cuenta una parábola oriental, todos los dioses se reunieron para determinar en dónde ocultaran la divinidad del hombre recién creado. Uno de ellos, sugirió la idea de que se fuesen todos al extremo más distante de la tierra y la enterraran allí; pero pensaron que el hombre, por naturaleza inquieto viajero, podría encontrar el perdido tesoro en uno de sus viajes. Otros propusieron que se arrojara a las profundidades del mar; pero los demás dioses objetaron que el hombre, insaciable curioso, podría llegar a sumergirse tanto que la encontrase. Por fin, tras de un momento de silencio, se levantó el más antiguo y más sabio de los dioses, y dijo: “ocultadla dentro del mismo hombre, porque allí solo la ira a buscar cuando renuncie a encontrarla fuera de sí” Y así se acordó y se hizo. Y desde entonces el hombre vaga por el mundo buscando por todas partes su divinidad, antes de pensar en buscarla dentro de si mismo. Pero alguna vez realizará que lo que creyó que se encontraba tan lejos, oculto en el “Pathos de la distancia” está más próximo que el aliento que respira, y que la divinidad se oculta en su propio corazón.

 

Este es el secreto de la masonería: despertar en el hombre la conciencia de su divinidad, de donde mana la belleza y la comprensión de la vida, para que obedezca y siga sus inspiraciones. En cuanto el hombre ha descubierto este secreto, la vida toma un aspecto nuevo, y el mundo parece un valle salpicado de resplandecientes gotas de rocío estremecido por el canto de una alondra en vuelo. La religión que el hombre profesa es el hecho fundamental de su vida. La religión del hombre no es el credo que acepta o consiente, puesto que se ven hombres de toda clase y condición en todos los credos. NO; LA RELIGION DEL HOMBRE ES LA QUE SE CREE, CON TANTA FE, QUE SE PRACTICA, LA QUE SE LLEVA EN EL CORAZON, LA QUE ACTUA SOBRE ESTE MISTERIOSO UNIVERSO, y por lo tanto, lo conoce, cumpliendo su deber y su destino en él. La religión es siempre la cosa fundamental del hombre, lo que creativamente determina todas las demás. Por lo tanto, la visión o concepto de la vida que se cobija en el corazón del hombre y que es su móvil principal, es de importancia trascendental.

 

Porque, en el fondo, el hombre es lo que piensa, ya que los pensamientos son los artistas que dan color a nuestra vida. Los optimistas y los pesimistas viven en el mismo mundo, caminan bajo el mismo cielo y observan los mismos hechos; los escépticos y los creyentes contemplan las mismas estrellas, estrellas que brillaron en el Edén y han de lucir también en el paraíso, de modo que estas dos clases de hombres no se diferencian por los hechos que observan, sino por su fe, por su actitud interna y sus hábitos de pensar ante el problema del valor de la vida. Por esto todo cuanto tienda a variar esos hábitos internos y esas predisposiciones del pensamiento, cambiando la duda en fe, el miedo en valor, la desesperación en esperanza, tiene un valor capital. Todo hombre tiene un tren de pensamiento en el que viaja cuando se encuentra a solas; y el valor de su vida en cuanto a sí mismo y a los demás, como su felicidad, depende de la dirección que lleve el tren, de la carga que arrastre y del país que cruce. ¿Qué mayor servicio puede prestar la masonería al hombre que ponerlo en los raíles de la verdad, cargar su tren de preciosos tesoros y encaminarlo hacia la Ciudad de Dios? Esto es lo que ella hace por todo el que la escucha y la ama, por quien anida su verdad en el corazón.

 

La masonería presenta ante los ojos de los que se reúnen ante su altar una visión y una fe elevadas, bellas e inefablemente espléndidas, evocando por medio de sus ceremonias, parábolas y símbolos la verdad pura y sublime alcanzada después de muchos siglos de esfuerzo y probada en el yunque del tiempo, verdad cuyo valor para dirigir la conducta de la vida, se ha demostrado plenamente. Todo el que practique sus enseñanzas alcanza la sabiduría, puesto que aprende a ser valiente caballero, fiel y libre; a renunciar a la superstición sin perder la fe; a conservar el equilibrio de la razón ante la falsedad de los extremismos; a aceptar con jubilo los goces que le depare la vida, y a soportar con paciencia y valor sus dolores; a observar la locura de los hombres, sin perder de vista su dignidad, y, en una palabra, a vivir pura, bondadosa, apaciblemente, siempre alerta y sin temor alguno, en un mundo sano, con el corazón sereno y la antorcha de la esperanza ardiendo. Quien sienta en su corazón esta lúcida y profunda sabiduría y llegue a vivirla, no sentirá dolor ni miedo alguno cuando el sol de su vida entre en las sombras de la muerte. ¡Dichoso el que en sus primeros años, hace de la sabiduría su guía, filósofo y amigo!

 

Este es el ideal de la masonería, al que debemos entregarnos en cuerpo y alma, porque lo exige nuestra fidelidad a todo lo santo y porque confiamos en el poder de la verdad, en la realidad del amor y en el supremo valor del carácter, ya que este ideal es tanto más real, tangible y afectivo cuanto más se le encarna en la vida real. DIOS TRABAJA PARA EL HOMBRE POR MEDIO DEL HOMBRE, y, rara vez, por otro procedimiento. El nos pide nuestra voz para decirnos Su Verdad y nuestras manos, para realizar su obra aquí en la tierra, manos puras y voces suaves para que la libertad y el amor prevalezcan contra la injusticia y el odio. No todos podemos ser sabios y famosos, pero, en cambio, todos podemos ser leales y sinceros de corazón, todos podemos librarnos del mal, mantenernos impertérritos ante el error, hacer justicia y ayudar a las almas hermanas.

 

La vida es capacidad para cosas sublimes. Hagamos de ella la persecución de lo sublime, la incesante y vehemente búsqueda de la verdad; hagamos de ella una noble utilidad, un elevado honor, una sabia libertad y un verdadero servicio, para que el espíritu de la masonería se engrandezca y glorifique en nosotros.

 

¿Cuándo se puede considerar que un hombre es masón? Cuando contempla los ríos, las colinas y el lejano horizonte, y siente su pequeñez ante el universo, sin perder no obstante, la fe, la esperanza y el valor, que es la raíz de toda virtud. Cuando sepa que todos los hombres son tan nobles, tan viles, tan divinos, tan diabólicos, tan solitarios como él, y trate de conocerlos, perdonarlos y amarlos. Cuando sepa cómo simpatizar con las tristezas y hasta con los pecados de los hombres, conocedor de que todos combatimos rudamente contra terribles enemigos. Cuando haya aprendido hacer amigos y a conservarlos y, sobre todo, a ser amigo de si mismo. Cuando ame las flores, pueda cazar las aves por el poder del amor, y sienta vibrar en su corazón una antigua alegría al ver reír a los niños. Cuando pueda ser dichoso y conservar la serenidad de su alma en el tráfago penoso de la vida. Cuando los árboles florecidos y el reflejo del sol en las aguas viejeras le subyuguen como el recuerdo de un ser muy amado y hace mucho tiempo muerto. Cuando ninguna voz de agonía llegue en vano a sus oídos y no se tienda ninguna mano hacia él que no reciba respuesta. Cuando sepa que son buenas todas la creencias que ayudan al hombre a asirse a lo divino y a ver mayestáticos significados en la vida. Cuando pueda asomarse a un charcal y ver algo allende el cieno; contemplar el rostro del hombre más vil, y ver algo allende el pecado. Cuando sepa como ha de orar, cómo ha de amar, cómo ha de esperar. Cuando haya sido fiel consigo mismo, con Dios y con los hombres, asiendo en la mano una espada para combatir el mal y cuando sienta cantar en su corazón la alegría de vivir de manera tan solemne que apague el sordo temor a la muerte. Quien quiera encontrar el secreto verdadero de la masonería, ha de entregarse por completo al servicio del mundo.